Acumulo días en los bolsillos y noches en unas ojeras incipientes, que malinterpretan mi estado de ánimo. Escondo los minutos y los segundos en tejidos de consistencia blanda, que se van dando de sí a medida que los voy cargando. A veces, regalo unos cuantos segundos o minutos a mis amigos, dejándoles claro de antemano la calidad del presente, intangible y no apto para las imitaciones baratas.
Me he dado cuenta de que una sabia distribución del tiempo entre el día y la noche alarga las vivencias, aunque -de esto no estoy segura, aún- sea capaz de acortar la vida. De todas formas, es posible que me decante por una existencia efímera, pero interesante. De cosas que suceden y se van y vuelven a suceder y, de nuevo, se largan por la puerta trasera. De nombres y de rostros y profesiones de paso, con esos ratos de placer de usar y tirar.
Mientras escucho caer los segundos, precedidos de minutos y de horas, me encojo en el sofá con un buen libro, El penúltimo sueño, de Ángela Becerra, que tiene momentos García Márquez que me vuelven, literalmente, loca.