
Él se colocó detrás de ella. Las manos sobre sus hombros. El vientre y el pecho en comunión con la espalda. El Pacífico, sonrojado en bermellones encendidos, susurraba un mensaje inteligible de placer al viento y a las olas, que parecían batirse en duelo por la hegemonía de aquel instante que parecía eterno. Una vez más, el sol hundió sus brazos en el océano para poseerlo del todo, sin preguntar si podía penetrar en las oscuras profundidades, sin recordar lo que le esperaba tras el apareamiento en sus aguas saladas, a pesar de haber realizado ese mismo ritual un número inabarcable de veces. A medida que cedía en sus pretensiones de no dejarse intimidar, el sol comenzó a despedir destellos de oro con los que tiñó la arena y las rocas. Perezoso ante la falta de sometimiento, el océano cegó los ojos del hombre y de la mujer, que contemplaban desde la terraza el espectáculo de lava. El crepúsculo venció. El sol y el océano se quedaron quietos.
Con tus palabras y esa imagen… es como si estuviese allí.
Que bonito, que bonito…
Ayer mucho curro, me lo imagino, pero al menos mira cuantos estaban apuntados antes de ayer… luego te pregunto cuántos llevan apuntados a día de hoy.
Ya has descansado? Supongo que sí, porque como ayer no has tenido que soportarme… jajajajajaja
Luego te hago una visita…
besos
Sí, sí… He dormido muchísimo, pero es como si estuviera más cansada… Ayyy¡ A ver qué pasa hoy… El desenlace del crucero¡