Cosas de ascensor

25 04 2008

El ascensor se detuvo de repente. Sin más aviso. La luz de la cabina cerró los ojos a la par que cesaba el movimiento ascendente y sus dos ocupantes se miraron entre tinieblas, algo perplejos y algo molestos. No el uno hacia el otro, sino hacia el ascensor. La conversación inicial giró en torno a la osamenta de los tópicos, que si vaya faena, que tenía que firmar no sé qué papeles, que no llego a recoger a los niños al colegio y los perros se me van a hacer pis dentro del chalé.

Los ocupantes de la cabina del ascensor averiado -o perezoso, nunca se sabe- se habían reconocido como hombre y mujer por las voces. Ella tendrá treinta y pocos, pensaba él tratando de averiguar sus formas en la oscuridad. Él andará por los cuarenta, fijo, se contaba ella a sí misma en un ejercicio de adivinación divertido, en el que le hacía padre de dos niños y residente en uno de los barrios caros de la ciudad. Él se dio cuenta de que no se había percatado de la presencia de ella hasta el momento del parón; ella de que hacía dos meses que no echaba un polvo y comenzaba a hacerse realidad un hito erótico de calibre histórico, que no es otro que follar con un desconocido cualquiera en el ascensor estropeado de cualquier edificio de oficinas a las doce del mediodía sin reconocerse a uno mismo ni en los ojos ni en las manos del otro.

A medida que pasaron los minutos el calor se fue acentuando, poniendo las tildes en el desliz de la corbata o la abertura de la blusa. Acabaron sentados en el suelo, riéndose de una situación que estaban convencidos que no tardaría en solucionarse. Él era realmente simpático. Ella no dejaba de pensar en el pis de sus perros, pero aún así disfrutaba de ese tiempo en el que el reloj no corría para ellos y sí para todos los que, ahí afuera, se desmadejaban ante sus ordenadores en un sinfín de papeles y números sin cuadrar.

Mientras daba vueltas a una cuestión de consecuencias inesperadas, si su marido sería capaz de sacar el tupper de la nevera y poner a calentar las lentejas, notó de repente la mano del hombre en su rodilla. Se dejó no sin falta de ganas, pero sí con un tremendo pesar de conciencia, que acentuaba el placer en cada una de sus fases y que le llevó a desgarrar la inmaculada (imaginaba) camisa del hombre.

No se habían despegado cuando comenzaron a escuchar los trabajos iniciales de los operarios, que no tardaron ni diez minutos en poner en marcha el ascensor. Un tiempo que aprovecharon para componerse en su particular universo sin luz, para asegurarse el uno al otro que jamás se les había ido de las manos una situación de esa manera, para jurarse que no se lo contarían ni a sus amigos más íntimos, que no lo recordarían, que no lo revivirían en la soledad no habitual de sus dormitorios.

Él ocultó el desagarrón de la camisa con la americana y se atusó el pelo como pudo. Ella se empeñó en bajarse la falda más allá de las rodillas, a pesar de que la largura no daba para cubrirlas. Buscó el carmín en el bolso y se pintó los labios en un gesto aprendido muchos años atrás, perfeccionado hasta la saciedad.

Cuando las luces se encendieron no se miraron. Sus zapatos sí. Entre ellos se reconocieron.


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2 respuestas

29 04 2008
Jota Shit Happening

Hola, Julieta. Me alegra saber de ti y espero que todo haya ido bien en tu viaje. Es cierto que lo de los polvos en ascensores (y con extraños en general en situaciones fortuitas que la casualidad nos regala) son mitos eróticos universales. Tu historia me ha recordado una que me contó un antiguo compañero de piso, en realidad un mito dentro de otro: tenía una relación únicamente carnal con una compañera de trabajo de muy buena familia que estaba pronta a casarse con su novio de toda la vida y a retirarse con él, por motivos de trabajo, a un apartado pueblo pirenaico. Es decir: el mito de la niña buena que a punto de casarse y de iniciar una vida más o menos anodina decide darse el gustazo de una relación basada únicamente en el sexo y sin compromisos. Y dentro de ese mito, como digo, el del ascensor: estaban ellos echando un polvo en el ascensor de su edificio de madrugada creyendo que a esas horas todos dormían cuando alguien lo llamó y tuvieron que arreglarse la ropa a toda prisa. Consiguieron componerse más o menos bien hasta que, un tanto despeinados, salieron del ascensor saludando con un “buenas noches” al vecino. Lo que no pudieron disimular, según mi amigo, fue el sudor condensado en el espejo y cierto olor a pecado original en el ambiente.
Me ha gustado el final en que sólo se miran los zapatos. ¿Por qué casi siempre unimos el sexo con la vergüenza? Ay, la moral judeocristiana…
Nos seguimos leyendo.

29 04 2008
la alambrada

Jejeje, vaya Jota. Historias universales, al fin y al cabo. Un poco como esos mensajes que vas regalando a los usuarios de aseos por el mundo. La verdad es que es fantástico romper las reglas establecidas, tengan estas que ver con el sexo o no. Un abrazo¡

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