Una noche en la Plaza Mayor de Salamanca. Que a dónde vamos. Pues al Cervantes. Que qué pedimos. Pues jarras de sangría. Unos cuantos temas de Los Rodríguez después, Patricia y yo bajamos las interminables escaleras de ese bar al que siempre vuelvo completamente borrachas. Me imagino en qué habría consistido la cena… Cuatro patatas y un mini pincho de cualquier cosa a medias, no fuera que nos engordara la piel pegada a los huesos de entonces. No sé quién de las dos tendría la marihuana, pero sé que aún no te echaban a patadas por meterte a lo que fuera en el parque de la Plaza Anaya. O sea, que allá que fuimos a darle al canuto, ese va y ese viene, risa va y risa que vuelve. Puedo ver con claridad a Patricia ahogada a carcajadas, arrancando hierba y tirándomela a la cara. Para variar, ya os lo he tratado de explicar, creo que comencé yo. No sé por qué. Quizá por el porro, que también era de hierba. Luego llegamos a los bares de siempre con palitos y hierbajos agarrados al pelo, más al mío que al de Patricia, por eso de es más fácil entrelazarse en mis rizos que en su pelo liso. La gente nos preguntaba que qué habíamos hecho. Nos reíamos. Siempre. Muchísimo. Un recuerdo.