Las uñas de mis pies se identifican claramente con mi estado de ánimo. Los pies, en general, tienen una personalidad indiscutible que les hace únicos. Yo me apoyo mucho en ellos. Quizá demasiado. Hace poco me han comentado que una de las cosas que menos les gusta de mí son mis vulnerabilidades. ¿Por qué lo decís en plural?, les pregunté, interesada en la medida de lo posible y teniendo en cuenta las circunstancias (un sentimiento de abandono a las cualidades fisiológicas básicas motivado por el uso abusivo de sustancias tóxicas de diversa índole). Ellos pestañearon sin creérselo. Se removieron y rebuscaron debajo de las sábanas los síntomas de una de las últimas noches de amor. Encontraron dos pelos de cabeza y un calcetín de rayas azules y moradas. Pues por qué va a ser, María. Porque eres vulnerable a sus lados más amables…- contestaron impasibles, volviendo a un estado anterior de quietud que no soporto. Seguís hablando en plural. Soy vulnerable, eso vale. ¿A sus lados? ¿A cuántas cosas soy vulnerable? El pie izquierdo comenzó a impacientarse. Lo noté porque no paraba de moverse hacia arriba y hacia abajo con movimientos rítmicos rápidos y cortos. El gesto típico de un pie a punto de enfadarse. El derecho negaba hacia la derecha y hacia la izquierda, pensado -tal vez, digo- que vaya subnormal la metro ciencuenta y ocho que soportaba casi a todas horas, sobre todo cuando -para liberar al pie izquierdo de su falta de templanza en diferentes situaciones- cargaba todo mi peso en su leve morfología. Llegados a este punto, mientras el pie izquierdo hacia más evidente su malestar ante mi estado de embriaguez, el derecho fue quien tomó la palabra: Mira, María. No me importa que hables sola mientras recoges todos los trapos que te compras y que olvidas a los cincos días repartidos por el sofá del salón, los pies de tu cama, la bañera o la encimera de la cocina. No me importa que me (nos) obligues a andar descalzo(s) entre tanto polvo, zapatos trastornados, ceniza y restos varios. Tampoco que no te acuerdes nunca de pintarme (nos) las uñas o que te sea indiferente la palabra pedicura. Lo que no soporto (soportamos) es que nos mezcles con esa cantidad absurda de pares en tu cama. Queremos que te definas, que elijas al que mejor pinta tenga y deseches a los que no valen. Hay un par de pies que pasan por aquí una vez cada quince días que son lo más imbécil que te hemos conocido. Por eso te rogamos, repito, rogamos, que no vuelvas a invitarles a compartir nuestra suerte de soledades. Sus uñas están mal cortadas y la hidratante no da para esquivar esas callosidades inmundas, María… Alarmada ante tremenda alocución, les dije que sí (a los dos) sin miramientos, con lo que cesó el torbellino de movimientos del pie izquierdo, que reposó todo el ejercicio físico sobre el derecho, contra el que comenzó a sobarse sin la más mínima discreción.
Va tia… está genial la conversación que han tenido tus inteligentes pies con tu incontrolable cabeza; sobretodo las ultimas lineas… xDDD
Genuina y auténtica de los pies a la cabeza.